Sentir nervios antes de acudir al dentista es algo que puede ocurrir incluso cuando sabemos que la intervención que nos van a realizar es relativamente sencilla. Hay personas a las que les preocupa el dolor, otras se sienten incómodas al permanecer tumbadas durante un tratamiento y algunas empiezan a ponerse nerviosas simplemente al escuchar determinados sonidos o recordar una experiencia anterior. Este miedo puede presentarse de maneras muy diferentes y no necesariamente tiene que llegar a ser extremo para influir en cómo vivimos una cita.
El problema aparece especialmente cuando ese temor hace que vayamos retrasando las revisiones o tratamientos que necesitamos. Podemos empezar pensando que esperaremos unas semanas y terminar dejando pasar meses porque todavía no sentimos suficiente dolor como para obligarnos a pedir cita. Sin embargo, aplazar continuamente una visita no hace desaparecer aquello que nos preocupa y, en determinados casos, puede provocar que un problema inicialmente sencillo necesite posteriormente una atención mayor.
Afortunadamente, afrontar una intervención dental con miedo no significa que tengamos que limitarnos a sentarnos en el sillón e intentar aguantar los nervios. Hablar previamente con los profesionales, conocer qué van a hacernos, establecer una forma de avisar cuando necesitemos parar y valorar las distintas posibilidades disponibles para controlar el dolor o la ansiedad puede cambiar bastante nuestra experiencia. Cada persona vive estas situaciones de manera diferente y precisamente por eso resulta importante encontrar una forma de afrontarlas que se adapte a nuestras necesidades.
Hablar del miedo antes de empezar puede cambiar nuestra experiencia
Uno de los primeros pasos puede ser tan sencillo como explicar que estamos nerviosos. A veces nos da cierta vergüenza reconocerlo porque pensamos que deberíamos ser capaces de controlar el miedo por nuestra cuenta, pero el profesional necesita conocer cómo nos sentimos para poder adaptar la comunicación y explicarnos qué va a suceder. Si sabemos que un sonido determinado nos pone especialmente nerviosos, que necesitamos que nos expliquen cada paso o que preferimos no conocer demasiados detalles, podemos comentarlo antes de comenzar.
Tal y como explican desde Clínica Dr. Clavero, la sedación consciente es una de las posibilidades que pueden utilizarse en determinados tratamientos cuando existe miedo, angustia o ansiedad. En la información que ofrecen sobre esta técnica señalan que puede realizarse con la intervención de un anestesista especializado y que permite mantener al paciente despierto mientras se encuentra en un estado más relajado durante el procedimiento. Esto nos ayuda a comprender que existen alternativas para determinados casos, aunque la opción adecuada siempre debe valorarse previamente según el paciente y la intervención que vaya a realizarse.
También podemos aprovechar la consulta previa para preguntar cuánto tiempo durará aproximadamente el procedimiento, qué sensaciones podemos notar, qué tipo de anestesia se utilizará y cómo será la recuperación. Tener información puede ayudarnos a eliminar parte de la incertidumbre, que muchas veces es precisamente aquello que alimenta nuestros nervios. No necesitamos convertirnos en expertos en odontología antes de sentarnos en el sillón, pero entender de forma sencilla qué va a ocurrir puede hacer que la situación resulte bastante menos desconocida.
No todas las personas tienen miedo por los mismos motivos
Cuando hablamos de miedo al dentista, podemos pensar inmediatamente en el temor al dolor, pero existen muchos otros motivos. Algunas personas han tenido una mala experiencia años atrás y recuerdan perfectamente aquella situación cada vez que tienen una nueva cita. Otras sienten ansiedad porque no pueden ver lo que está ocurriendo durante el tratamiento, mientras que también podemos encontrar personas a las que les incomodan especialmente las agujas, los sonidos del instrumental o determinadas sensaciones dentro de la boca.
Conocer qué nos provoca realmente el miedo puede ayudarnos a manejarlo mejor. Decir simplemente que tenemos miedo es un buen comienzo, pero explicar qué parte nos preocupa permite buscar soluciones más concretas. Si lo que nos inquieta es sentir dolor, podremos preguntar cómo se controlará. Si nuestra preocupación consiste en no poder avisar durante el tratamiento, podemos establecer previamente una señal. Si aquello que nos pone nerviosos es desconocer cuánto falta para terminar, podemos pedir que nos vayan indicando cómo avanza el procedimiento.
Saber exactamente qué nos preocupa puede resultar mucho más útil que intentar convencernos de que no deberíamos sentir miedo. Las emociones no suelen desaparecer simplemente porque nos digamos que son irracionales. En cambio, cuando identificamos el motivo, podemos convertir una preocupación bastante general en varias cuestiones concretas que sí podemos hablar y resolver antes de comenzar.
Tener una señal para detener el tratamiento puede darnos más sensación de control
Una de las situaciones que puede aumentar la ansiedad es pensar que, una vez comenzado el tratamiento, no podremos comunicar que necesitamos parar. Como durante muchas intervenciones no podemos hablar con normalidad, podemos sentir que hemos perdido temporalmente el control. Una solución sencilla consiste en acordar previamente una señal con el profesional, por ejemplo, levantar una mano, para indicar que necesitamos una pequeña pausa.
Una posibilidad que puede ayudarnos a sentirnos más tranquilos consiste en pactar una señal para detener el tratamiento cuando sea necesario. También podemos comunicar previamente que sentimos ansiedad, explicar aquello que nos preocupa especialmente y resolver nuestras dudas antes de comenzar. En algunos casos, una primera toma de contacto más sencilla puede servir para familiarizarnos con el entorno y sentirnos progresivamente más cómodos. Todo esto nos demuestra que afrontar el miedo no siempre requiere medidas complejas y que pequeños cambios en la forma de vivir la consulta pueden ayudarnos.
Antes de comenzar, podemos acordar una señal para pedir que el profesional se detenga y preguntar cuánto puede durar aproximadamente la intervención. También podemos avisar de aquello que nos produce especialmente ansiedad, pedir explicaciones antes de comenzar cada fase si eso nos tranquiliza y consultar qué sensaciones podemos notar durante el procedimiento. Si tenemos dudas sobre la anestesia o sobre cómo será la recuperación, este también es un buen momento para plantearlas y entender mejor lo que ocurrirá.
Tener claras estas cuestiones puede ayudarnos a sentir que seguimos participando en aquello que ocurre. No significa que vayamos a interrumpir continuamente el tratamiento, sino que sabemos que tenemos la posibilidad de comunicar una necesidad si aparece. Para algunas personas, simplemente conocer esa posibilidad ya reduce parte de la tensión y permite afrontar la intervención con una mayor sensación de control.
La anestesia local y la sedación no son exactamente lo mismo
Es fácil confundir estos conceptos cuando no estamos familiarizados con ellos. La anestesia local tiene como objetivo evitar el dolor en una zona determinada de la boca mediante el bloqueo temporal de la sensibilidad. Es una herramienta habitual en numerosos procedimientos odontológicos y permite realizar intervenciones mientras permanecemos despiertos. Después del tratamiento podemos notar la zona adormecida durante un tiempo hasta que el efecto desaparece progresivamente.
La sedación tiene una finalidad diferente y puede utilizarse para disminuir la ansiedad y facilitar determinados tratamientos. Existen distintos niveles y técnicas de sedación, por lo que no deberíamos pensar en ella como un único procedimiento que se aplica de la misma manera a todas las personas. La elección depende del tipo de intervención, las características del paciente y la valoración profesional correspondiente.
También es importante no confundir automáticamente sedación consciente con anestesia general. En la sedación consciente se busca un estado de relajación manteniendo cierto nivel de respuesta, mientras que la anestesia general implica pérdida de consciencia y se reserva para situaciones específicas. Conocer estas diferencias puede ayudarnos a entender mejor las opciones que nos planteen y, sobre todo, a formular las preguntas adecuadas antes de cualquier intervención.
Prepararnos antes de la cita también puede ayudarnos a llegar más tranquilos
El miedo puede empezar bastante antes de entrar en la clínica. Hay personas que llevan varios días pensando en la cita y que, cuanto más se acerca, más vueltas dan a aquello que podría ocurrir. En estas situaciones puede ayudarnos organizar el día para evitar añadir otras fuentes de estrés. Si tenemos posibilidad, podemos procurar no encadenar la consulta con demasiados compromisos y salir de casa con tiempo suficiente para no llegar corriendo.
También conviene evitar pasar horas buscando experiencias negativas en internet. Cuando estamos preocupados, tendemos a fijarnos especialmente en historias que confirman nuestros temores y podemos terminar aumentando una ansiedad que inicialmente era manejable. Si tenemos dudas concretas sobre el tratamiento, probablemente resulte más útil apuntarlas y plantearlas directamente al profesional que intentar resolverlas leyendo experiencias de personas cuyo caso puede ser completamente diferente al nuestro.
Podemos utilizar algunas técnicas sencillas que normalmente nos ayudan a relajarnos en otras situaciones, como controlar nuestra respiración o escuchar música si las circunstancias lo permiten. No se trata de pensar que una canción o respirar lentamente va a eliminar un miedo intenso, sino de reducir estímulos que puedan aumentar todavía más nuestros nervios. Cada persona puede encontrar pequeños recursos que le resulten útiles mientras espera.
La sedación puede ser una opción en determinados tratamientos y pacientes
Cuando el miedo es intenso o debemos someternos a una intervención larga o compleja, el equipo sanitario puede valorar si existe alguna modalidad de sedación apropiada. No es una decisión que debamos tomar por nuestra cuenta ni algo que necesariamente necesite cualquier persona que se encuentre nerviosa. Antes deben considerarse nuestra historia clínica, el tratamiento previsto, los medicamentos que utilizamos y otros factores relevantes para la seguridad.
Existen diferentes niveles de sedación y cada uno requiere unas condiciones determinadas relacionadas con el paciente, el tipo de intervención y el seguimiento que debe realizarse durante el procedimiento. Por este motivo, antes de utilizar cualquiera de estas opciones es necesario valorar cada caso y comprobar cuál puede resultar adecuada. No debemos olvidar que estamos hablando de procedimientos sanitarios que necesitan una planificación y unas condiciones apropiadas para realizarse correctamente.
Si nos proponen esta posibilidad, podemos preguntar en qué consiste exactamente, quién la realizará, qué preparación necesitamos antes de acudir y qué debemos hacer después de la intervención. Dependiendo del procedimiento pueden existir instrucciones específicas sobre alimentación, medicación, acompañamiento o actividades posteriores. Debemos seguir siempre las indicaciones que nos proporcione el equipo responsable y comunicar cualquier información relevante sobre nuestra salud.
Retrasar continuamente la visita puede alimentar todavía más el miedo
Cuando algo nos asusta es bastante natural intentar evitarlo. El problema es que la sensación de alivio que obtenemos al cancelar una cita puede durar poco tiempo. Sabemos que seguimos teniendo pendiente la revisión o el tratamiento y, cuando volvemos a pensar en ello, aparece otra vez la preocupación. Así podemos entrar en una dinámica en la que cada nueva cita nos cuesta más que la anterior.
Además, algunos problemas dentales pueden avanzar sin producir inicialmente un dolor importante. Esperar a que la molestia sea insoportable no es una estrategia especialmente útil porque podemos terminar necesitando una intervención diferente a la que habría sido suficiente anteriormente. Las revisiones periódicas también permiten acostumbrarnos al entorno de la consulta cuando no existe una urgencia, lo que para algunas personas puede hacer que las visitas resulten menos difíciles.
Si llevamos años sin acudir al dentista por miedo, podemos empezar explicando precisamente esa situación. No tenemos que intentar resolver todo de golpe ni sentir vergüenza por el tiempo que haya pasado. El primer objetivo puede ser simplemente conocer cuál es el estado actual de nuestra boca y qué opciones tenemos. A partir de esa información podremos organizar los siguientes pasos de una forma más clara.
Sentir miedo no significa que tengamos que afrontar la intervención sin ayuda
Una intervención dental puede generarnos nervios y reconocerlo no impide que podamos afrontarla. Tenemos la posibilidad de preguntar, pedir explicaciones y comentar qué situaciones nos producen mayor ansiedad. También existen diferentes recursos para controlar el dolor y, cuando están indicadas, opciones dirigidas a reducir la ansiedad durante determinados procedimientos. Lo importante es que estas decisiones se adapten a nuestra situación y se tomen con los profesionales responsables.
Quizá una persona necesite únicamente conocer con detalle lo que van a hacerle y otra prefiera recibir menos información porque las explicaciones demasiado técnicas aumentan su preocupación. Alguien puede sentirse más tranquilo acordando pausas mientras que, en otro caso, puede ser necesario valorar medidas adicionales. No existe una única forma correcta de gestionar el miedo porque tampoco existe una única manera de experimentarlo.
Es importante cambiar la idea de que acudir al dentista consiste simplemente en aguantar hasta que todo termine. Una consulta debe ofrecer la posibilidad de comunicar dudas y participar en las decisiones relacionadas con la atención recibida. Saber qué va a ocurrir, entender las opciones disponibles y poder avisar cuando aparece alguna preocupación puede hacer que una experiencia que inicialmente parecía muy difícil resulte bastante más llevadera.

