La psicología de la alimentación, su experiencia y relevancia hoy en día

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Cuando se habla de psicología de la alimentación, hablamos de algo que realmente afecta a más gente de la que pensamos. Comer no solo es cuestión de tener hambre, nutrientes o del menú semanal. No debemos olvidar que está relacionado con las experiencias, emociones, costumbres, ansiedad, culpa o la relación con el propio cuerpo y la manera en la que cada persona vive en el día a día.

Por este motivo, es preciso atender a este campo. En una sociedad que está repleta de prisas, mensajes contradictorios y bastante presión a nivel estético, el hecho de contar con una buena psicología de la alimentación puede llegar a marcar grandes diferencias.

Comer no es solo nutrirse

La psicóloga Patricia Sánchez dice que la alimentación cumple una función a nivel biológico, pero no se queda ahí. Lo que ocurre es que la comida nos acompaña también en determinados momentos, calmando tensiones, ordenando rutinas y hasta puede servir como refugio. Esto no significa que comer por motivos emocionales sea algo que pueda ser raro o malo por sí mismo. Estamos ante algo que es parte de la experiencia humana. Los problemas aparecen cuando esta relación ya no es flexible y comienza a generar malestar, culpa o descontrol.

Justo ahí es donde el tema de la psicología de la alimentación pasa a cobrar sentido. De esta forma es posible entender por qué una persona come como come, cuál es el papel que tiene la comida en su vida y qué emociones pueden influir en su comportamiento.

Sin este tipo de mirada, muchas veces se busca resolver el problema solamente desde la restricción y eso no funciona muy bien a largo plazo.

Un problema muy presente hoy

La relación con la comida es cada vez más complicada. Aunque es verdad que hay más información que nunca, el ruido también ha aumentado. Por una parte, hay cada vez más consejos sobre salud, planes milagrosos o los clásicos planes que prometen resultados rápidos, pero por otro hay gente que vive con bastante ansiedad, cansancio y una relación complicada con el cuerpo.

Todo esto lo que hace es crear un terreno de gran confusión. Existen muchas personas que comen con culpa; otras lo que sienten es que no pueden parar y otras viven pendientes de lo que deberían hacer y otras que van de dieta en dieta sin encontrar una estabilidad.

Lo que ocurre es que la alimentación pasa a ser una fuente mayor de presión en lugar de un acto normal y cotidiano. Cuando eso sucede, la salud pasa a resentirse en varios niveles.

La culpa alrededor de la comida

Entre las cosas que hacen más daño en la actualidad podemos hablar de la culpa. Ahora se ha normalizado mucho el hecho de hablar de comida buena y mala, que hace que muchas personas vivan cada comida como si fuera un examen.

Cuando comen algo que no encaja bien en las expectativas, sienten que han fallado. Lo que hacen es comer de más, castigándose mentalmente. Si son más flexibles, piensan que están perdiendo el control.

Esta forma de pensar no ayuda precisamente; lo que hace es empeorar la relación que se tiene con la comida y ayuda a tener más tensión. La psicología de la alimentación lo que hace es desmontar dicha dinámica.

No se quiere quitar importancia a la alimentación como tal, sino que se le quiere poner en su sitio. Comer no debe ser un motivo de juicio. Cuando se trabaja bien dicha parte, lo que ocurre es que desaparece mucho ruido mental y las personas están más tranquilas.

La ansiedad y el impulso de comer

En ocasiones no comemos por tener hambre física, sino debido a la ansiedad, al aburrimiento, a la tristeza o a la necesidad de desconectar. Todo esto no significa tener falta de disciplina.

Esto significa que la comida cumple otra función. El problema no es solo lo que se come, sino la forma en que se usa la comida para gestionar dichos estados emocionales.

La psicología en la alimentación trata de todo esto. Sirve de ayuda para poder saber qué es lo que hay detrás de algunos impulsos y a buscar otras maneras de dar respuesta a lo que sentimos.

En el momento en que las personas entienden mejor la relación que tienen con la ansiedad, pueden empezar a cambiar sin que entren en una lucha constante contra ellas mismas. Esto es de más eficacia que intentar prohibir las cosas una y otra vez.

Los hábitos pesan más de lo que parece

La manera de comer es algo que no nace de un día para otro. Se va construyendo con el paso del tiempo, partiendo de una serie de costumbres, educación, rutinas familiares y también de las experiencias personales. Por todo ello, no vale decirle a alguien lo que debería comer. Si la costumbre está muy arraigada, necesita mayor información.

Lo que hace la psicología de la alimentación es enfocarse en este tipo de hábitos. Ayuda a que se detecte una serie de patrones que se repiten, momentos y automatismos que ya son parte de nuestra propia rutina. Partiendo de ahí, los cambios se pueden hacer con más realismo.

No hablamos desde una exigencia extrema, sino desde un trabajo que será más sostenible y consciente. Dicho enfoque da mejores resultados al respetar el ritmo que tiene cada persona.

La infancia tiene mucho que ver

Debemos ser conscientes de que la relación con la comida empieza bastante pronto. Lo que aprendemos en casa, con la familia, nos deja una huella bastante profunda.

Existen diferentes mensajes, como terminarlo todo, utilizar la comida como castigo o premio, comer con prisa o aprender a asociar unos determinados alimentos con la culpa; pueden acabar condicionando bastante la relación futura con la alimentación.

Por este motivo, la psicología de la alimentación no solamente interesa cuando estamos en la edad adulta. De la misma forma, es de gran ayuda para comprender la forma en la que se construyen estos vínculos desde la más tierna infancia.

El caso es que cuanto antes se puedan trabajar algunos hábitos, más sencillo es evitar que se puedan convertir en problemas más serios con el paso del tiempo. La buena educación en alimentación no es algo que se imponga, sino enseñar a escuchar el cuerpo y a relacionarse con la comida de manera sana.

El cuerpo y la imagen personal

Actualmente, la presión por tener una buena imagen corporal es bastante fuerte. Las redes sociales, la publicidad y algunos discursos sobre la salud hacen que bastante gente viva pendiente de su aspecto físico.

Todo ello va a influir directamente en la forma de comer. En ocasiones hay que controlar la alimentación, no solamente por salud real, sino por miedo a no encajar o por estar insatisfecho con el propio cuerpo.

La psicología en el campo de la alimentación ayuda a poder separar salud de obsesión. No hablamos de ignorar el cuerpo, sino de dejar de vivirlo con una fuente permanente de juicio.

Cuando las personas mejoran las relaciones que tienen con la imagen, mejoran la forma en la que comen. Se reduce la ansiedad, baja la rigidez y hay una relación más equilibrada con los alimentos.

Dietas que no solucionan lo de fondo

Son bastantes las personas que lo que hacen es probar dietas y otra vez pensando que el problema está solo en lo que comen. Si el plano emocional sigue igual, lo habitual es que la frustración vuelva. Las restricciones pueden funcionar por espacio de un tiempo, pero suelen ser poco sostenibles. Lo que ocurre es que, en cuanto aparece cansancio, estrés o descontrol, la persona puede volver a los mismos patrones de antes.

Justo aquí es donde entra la psicología de la alimentación; nos da una visión mucho más completa. No niega que se deba cuidar lo que se come, pero entiende que eso no vale si no se atiende la parte mental. Cuando se trabaja el vínculo con la comida, es más sencillo que los cambios puedan durar y que no dependan de tener una lucha constante contra el propio impulso.

Comer con más conciencia

La alimentación saludable no debe ser solo con un listado de normas. Se necesita presencia, atención o escucha. El caso es que comer con más conciencia significa el hecho de darse cuenta de lo que se hace, del hambre de verdad, de la saciedad y de las emociones que pueden aparecer alrededor del acto de comer.

Esta forma de relacionarse con la comida mejora bastante la experiencia diaria. No es necesario que cada comida se convierta en un proceso perfecto. Solo tienes que reducir la automatización y recuperar cierta conexión con el propio cuerpo.

La psicología de la alimentación facilita esto, una manera de comer más consciente y menos arrastrada por temas como la prisa o el malestar.

Un apoyo necesario en momentos de cambio

Existen etapas en la vida donde la relación que se establece con la alimentación pasa a ser más delicada. Cambios laborales, problemas personales, cansancio o estrés prolongado o situaciones de bastante presión que pueden hacer que se altere tu forma de comer. Por todo esto, es interesante contar con los servicios de un psicólogo en el campo de la alimentación.

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